Cuenta la
historia que hace quince años atrás un altísimo lobbysta de Wall Street, sondeó
a una de las personas de consulta de los propietarios de Google, sobre la
factibilidad de que una automotriz cuyo logo es un óvalo, adquiriera un fuerte
porcentaje accionario de la empresa que reina en el mundo de la navegación por
internet a nivel mundial. La respuesta fue tajante y a la vez un llamado de
atención. “¡Qué coincidencia, nosotros pensábamos preguntarles lo mismo¡” .
Cinco años después, en 2007, Google ya había superado el valor bursátil de la
mismísima Microsoft; la emblemática Coca Cola y Ford Motor Co, entre otras,
para situarse como la empresa más valiosa de la principal economía del planeta.
Así como los
keynesianos enfocaron los esfuerzos en la industria de la construcción para
superar la depresión del 30; en la pos Segunda Guerra Mundial, cuyo gran
vencedor fueron los EE.UU.,Henry Ford emergió como un patrón génetico
adelantado a los niños terribles de la nueva economía americana desde los 80 en
adelante, como Bill Gates, Steve Jobbs y ahora la nueva mega star de las empresas
de la eco economía: Elon Musk, el dueño de TESLA que acaba de pronosticar que
no está muy lejos el momento en el que su empresa basada en la tecnología de
energía solar, desplace nada menos que a APPLE, para superarla como la empresa
más valiosa de los EE.UU. Ya lo decía el viejo zorro de Joseph Schumpeter hace
50 años, el capitalismo muere y se reinventa para no morir, es el principio de
su teoría tan demostrada en los hechos: La
destrucción creativa.
Cada gran
salto tecnológico impuso nuevas reglas de juego; un nuevo orden jurídico;
nuevas cadenas de valor; sin prescindir también de una mirada especial sobre
una nueva nomenklatura impuesta por ese bigband que provoca el nacimiento de
varias docenas de estelares nuevas unidades de negocios; saberes que incorporar
al sistema educativo formal e informal; leyes de mercado que deben adaptarse o
sencillamente dar paso a infinidad de paradigmas satelitales, que orbitan en
torno a ese catálogo de productos que emergen con cada uno de esos saltos
tecnológicos. Para que algo nazca, otro debe morir y muchas veces ese algo es
un antecesor necesario en la cadena evolutiva, algo así como un Hamlet escrito
por el propio Shakespeare en pleno siglo XXI.
Pero también
ocurre otra variante, adelantada por Schumpeter y reforzada por dos economistas
que escribieron un magnífico trabajo sobre las sinergias creativas y
comerciales de dos o más estrategias corporativas, que lejos de desgastarse en
competencias estériles, unen sus dos FODAS para generar un tercer escenario de
potencias inusitadas. Barry Nalebuff y Adam Brandenburger denominaron a este
paradigma la Coopetencia, “un modo de pensar revolucionario que combina la
competencia y la cooperación”. Así se explican duplas absolutamente exitosas
como las de Microsoft con Intel; McDonalds con Coca Cola; y otras que ahora se
trasladan al sector automotriz como las de determinadas marcas de terminales
con proveedores de software de telefonía celular; hardware de ese rubro y
carriers de redes sociales y sistema de posicionamiento satelital, donde reina
precisamente Google, que ya creó su propio teléfono y su propio automóvil, …sin
conductor.
Gustavo Márquez





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